Jorge Marsá
  • La cesta de la compra

    Claude Marsá

    A los pocos minutos de enviar la columna de ayer, “No viven peor”, llegó la respuesta de un amigo: «¿Y la cesta de la compra? La cesta de la compra se ha multiplicado». Mi amigo es cabezota, así que pedí tiempo: “Te contestaré con los datos. Pero cuando tenga tiempo. Besitos, pesao”.

    Aquí están los datos del INE. En 1958, el gasto en alimentación suponía en España el 55% del presupuesto de los hogares; en 1964, el 49%; en 1973, el 38%; en 1980, el 31%. ¿Y hoy? El 16% del gasto de las familias es lo que dedicamos a la cesta de la compra.

    Sí, la cesta cuesta hoy más euros. Pero cuesta menos esfuerzo, porque nuestro presupuesto ha crecido mucho más que ella.

    Por supuesto, hablamos de una media estadística, y ese esfuerzo es muy distinto según los ingresos de cada familia: el 20% de los hogares que menos gastan dedica a comer casi el 20% de su presupuesto; el 20% que más gasta, el 12%. Pero también era distinto en los viejos tiempos.

    Entonces, ¿por qué la mayoría no lo percibe así? La economía conductual tiene una respuesta incómoda: lo que tenemos lo medimos contra lo que esperamos tener. Los estudios muestran que nuestras aspiraciones crecen con nuestros ingresos y con los de quienes nos rodean, y cuanto más altas son, menos satisfechos estamos. Y que, ganando lo mismo, nos sentimos peor si nuestros vecinos ganan más. Y la psicología tiene nombre para lo demás, adaptación hedónica: nos acostumbramos a lo conseguido y lo convertimos en el nuevo punto de partida. Siempre queremos más.

    Ahora bien, que aspiremos a más no significa que no estemos mejor. Los datos muestran que el crecimiento económico va acompañado de más bienestar: el propio Daniel Kahneman, en uno de sus últimos trabajos, aceptó que para la mayoría de la gente la felicidad sigue creciendo con los ingresos. En fin, que deseamos más y, también, estamos mejor. Y la cesta de la compra, que se ha multiplicado, es hoy un problema mucho menor que antes.

  • No viven peor

    Claude Marsá

    Lo declaman como si fuera una estadística: “Es la primera generación que vivirá peor que sus padres”. Resulta falso en casi toda Europa si comparamos a los treintañeros de hoy con sus padres a los treinta.

    Un europeo vive hoy ocho o nueve años más que en 1980, está mejor formado y paga casi todo más barato medido como hay que medirlo: en horas de trabajo. Además, mucho de lo que mejora su vida ni siquiera sale en las estadísticas de la renta: la música, el cine, los mapas, las herramientas de creación o las videollamadas que lleva en el bolsillo son casi gratis. Y vive su vida con una libertad que sus padres no tuvieron.

    También gana más. Según Robert Manduca (2024), en Noruega, Suecia, Reino Unido o Países Bajos entre el 65% y el 80% de los hijos supera a sus padres en renta a los treinta años. Con datos de la OCDE para 32 países ricos, los millennials solo ganan menos que sus predecesores a la misma edad en Italia, Grecia y Japón. Cierto que el ascensor sube más despacio, pero sube. Seguimos progresando. En casi todo. Porque hay un piso donde el ascensor ha descendido: la vivienda. Una casa es hoy bastante más cara para los hijos de lo que lo fue para los padres.

    Claro que no en todos los sitios ocurre lo mismo: el norte de Europa lo lleva bastante mejor que el sur. Allí el Estado del bienestar también incluye a los jóvenes; en el sur, en cambio, se protege a los que ya están dentro a costa de los que llegan. Aquí los protegidos son los pensionistas, los funcionarios, los trabajadores indefinidos con antigüedad, los inquilinos con contrato, los propietarios…

    No, los jóvenes no viven peor que sus padres. El problema real es la vivienda, para quien no la tiene, y, en el sur, unas instituciones y una clase política que acostumbran a dar prioridad a los derechos adquiridos de los ya instalados.

  • Hinchas de la política

    Claude Marsá

    Abre uno el periódico estos días y se encuentra la estampa de una minoría que se moviliza por todos, por nuestro bien común. Y su contrapartida: la mayoría pasiva que se solaza con el móvil, las series o el fútbol.

    Anthony Downs ya nos explicó, hace casi setenta años, ese desinterés de la mayoría: informarse cuesta, y un voto individual casi nunca decide nada. Quien dedica la tarde a sus nietos o a una novela no está desertando, está poniendo su atención donde puede tener efecto.

    ¿Qué hace la minoría consciente con su tiempo libre? El politólogo Eitan Hersh nos contó que leer la actualidad con avidez, indignarse en las redes o compartir el último escándalo puede ocupar mucho tiempo y proporcionar identidad, pero cambiar, lo que se dice cambiar, no cambia nada ni a nadie. Lo llamó la política como afición: como ser de un equipo de fútbol. Unos y otros, pues, ocupan su ocio; solo cambia el producto.

    Esa minoría, además, se parece poco a quienes dice representar: está más ideologizada e interesada que la media, y al deliberar siempre entre afines se radicaliza (Cass Sunstein). Pesa más de lo que su tamaño justifica, porque el intransigente y más ruidoso se impone al flexible y silencioso (Nassim Taleb).

    En fin, que a las instituciones y a la prensa, al contrario de lo que nos cuentan, no llega la voluntad del pueblo filtrada por sus mejores ciudadanos, sino la de los más intensos, esos elegidos que están seguros de saber lo que nos conviene.